El valor del más pequeño
En cierta ocasión, un famoso astrónomo dio un discurso sobre la Vía Láctea. Al terminar la plática, una mujer se le acercó y le hizo esta pregunta: Si nuestro mundo es tan pequeño, y el universo tan grande, ¿realmente cree usted que es posible que Dios se interese por nosotros? El astrónomo le respondió: Eso depende completamente, señora, del tamaño del Dios en el que usted cree.
Fue una respuesta muy perceptiva. Nosotros somos incapaces de prestar atención a más de una o dos cosas a la vez; un Dios infinito, sin embargo, es capaz de manejar una infinidad de asuntos simultáneamente.
Jesús habló a sus discípulos, en cierta ocasión, acerca del valor de cada persona, por más insignificante que sea.
Al parecer, el pasaje habla del género humano. Si contemplamos el pasaje, sin embargo, nos damos cuenta de que realmente se trata del Dios que es tan grande que ningún ser humano escapa su atención.
Lectura: Mateo 18:10-14
18:10 Mirad no tengáis en poco á alguno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre la faz de mi Padre que está en los cielos.
18:11 Porque el Hijo del hombre ha venido para salvar lo que se había perdido.
18:12 ¿Qué os parece? Si tuviese algún hombre cien ovejas, y se descarriase una de ellas, ¿no iría por los montes, dejadas las noventa y nueve, á buscar la que se había descarriado?
18:13 Y si aconteciese hallarla, de cierto os digo, que más se goza de aquélla, que de las noventa y nueve que no se descarriaron.
18:14 Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños.
Al principio de esta sección, los discípulos de Jesús le habían estado preguntando acerca de la posición de cada uno de ellos dentro de su reino. En respuesta, Jesús les señaló la transformación de perspectiva que Dios da a los suyos.
En el mundo, asignamos valor a las personas en base a la cantidad de dinero que poseen, en base a su nivel de educación o la importancia de su empleo. Entre las gallinas del gallinero hay una orden social; los seres humanos muchas veces parecen no haber superado el nivel de los animales.
Dios, en cambio, tiene otra perspectiva. Jesús nos enseña, en respuesta a nuestra obsesión con catalogar a las personas, que Dios da valor a cada persona. Si nosotros vemos un grupo de personas, podemos notar solamente a las personas más guapas o más sobresalientes. Habrá muchos que no nos llaman la atención.
Dios no nos ve así. El valora a cada persona individual. Vamos a examinar este pasaje en esta mañana para ver dos maneras en que Dios da valor a cada uno de nosotros.
Dios da valor a cada persona ofreciéndole un destino glorioso
Notamos esto al examinar el versículo diez. Ahora bien, quizás algunos de ustedes se estén preguntando por qué, en la versión que estamos usando, se salta directamente del verso diez al verso doce. Parece que los traductores necesitan algunas lecciones en numeración. Lo que sucede es que el verso once no aparece en los manuscritos más antiguos. Es más, si leemos el pasaje paralelo en Lucas 15:4-7, nos damos cuenta de que allí sí aparece.
Lo que sucedió fue que a algún escriba le pareció bien insertar el verso once, tomado de Lucas, dentro del pasaje de Mateo; y los copistas siguientes, al no saber que no era original, lo incluyeron como parte del texto. De esta forma, se llegó a incluir en algunas versiones. Sin embargo, es casi seguro que no es original. Dicho sea de paso que esta clase de cosa sucede con muy poca frecuencia en la Biblia. El 99% del texto que usamos es claro e incontrovertible.
Volviendo, entonces, a nuestra consideración del versículo diez, surgen un par de preguntas. En primer lugar, ¿a quién se refiere Jesús cuando les dice a sus discípulos, Miren que no menosprecien a uno de estos pequeños?
Algunas personas, notando que el capítulo dieciocho empieza con el ejemplo de un niño, consideran que Jesús aquí se refiere a ellos. Sin embargo, en el pasaje Jesús está usando al niño como ejemplo de la actitud de quienes serán sus seguidores. Es más probable, entonces, que Jesús usa aquí la palabra «pequeño» con el sentido de «insignificante».
Lo que nos está enseñando es a no despreciar a ninguna persona, por más insignificante que sea. Esto incluye, lógicamente, a los niños, pues en muchas culturas son considerados insignificantes; pero no se limita a ellos.
La razón que Jesús nos da por no despreciar al más insignificante nos lleva a otra pregunta: ¿a qué se refiere Jesús cuando habla de «los ángeles de ellos»? Algunas personas usan este pasaje para defender el concepto de que cada niño, o cada persona, tiene un ángel de la guardia asignado a su cuidado.
Sin embargo, esta idea no tiene apoyo bíblico. No se menciona en ninguna otra parte. Más bien, aquí la palabra «ángel» se refiere al espíritu de la persona. Es un uso muy especializado de la palabra, y sólo sucede un par de veces en la Biblia. Sin embargo, cuando se habla del ángel de una persona, no un ángel del Señor, es una referencia a su espíritu.
Cristo se refiere, entonces, al destino glorioso de aquellas personas que nosotros consideramos insignificantes. El dice que, aunque aquí en este mundo puedan carecer de importancia o de influencia, su destino es pasar la eternidad en la presencia de Dios mismo.
¿Se refiere a toda persona insignificante? No, pues en el verso seis, El especifica que tiene en mente los pequeños que creen en El. La forma de tener el glorioso destino de contemplar siempre la faz de Dios es por medio de la fe en Jesucristo.
Por eso decimos, Dios da valor a cada persona ofreciéndole un destino glorioso. Esto significa que, sin importar qué tengas o seas aquí en esta tierra, Dios se interesa por ti. El te ama, y desea darte el privilegio de estar para siempre con El.
Es algo que no podrá ostentar la mayoría de los grandes de esta tierra. Cegados por su ambición, ignoran lo que realmente importa. Nosotros, en cambio, podemos tener esa seguridad de que valemos para Dios. El, como escribe Juan, conoce nuestro nombre.
¿Has aceptado el amor de Dios? ¿Has respondido que sí a su oferta de salvación? Tienes un valor inmenso para El. De hecho,
Dios da valor a cada persona sacrificando a su Hijo para salvarla
¿Alguna vez se te ha extraviado algo que realmente apreciabas? Quizás se trataba de un recuerdo de algún ser querido, o algún trofeo de una victoria deportiva. Sin importar lo que fuera, había que dejar todo lo que se estaba haciendo en el momento para encontrarlo.
Recuerdo que, en cierta ocasión, acampábamos en la selva. En la tarde, al quitarme los lentes de contacto a la orilla del cobertizo en el que dormíamos, un de ellos se cayó al suelo, entre las plantas.
Sucedió que era un lente teñido de color verde, no para cambiarme el color de los ojos sino para ser más fácil de ver cuando se quitaba. Sin embargo, en este caso, el color verde no relucía contra el trasfondo de las hojas verdes de las plantas.
Llamé a algunos de mis compañeros, y empezamos a buscar el lente entre las hojas. Milagrosamente, uno de ellos lo encontró después de unos momentos de búsqueda. ¡No se imaginan el alivio que sentí, al saber que podría seguir viendo!
En ese momento de pérdida, yo no pensé en el otro lente que estaba a salvo en el estuche. No pensé en mis otras pertenencias que reposaban seguras en la maleta. Sólo pensé en encontrar el lente que se me había perdido. Cuando lo encontré, mi alivio fue grande.
Así responde Dios, según la historia que Jesús nos cuenta, frente a la pérdida de sólo uno de los suyos. El afán de Dios por salvar a los perdidos fue tal que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó para morir por nuestros pecados. El tomó sobre sí mismo nuestra culpa, pagando nuestra deuda, para que libremente pudiéramos ser perdonados.
Cada uno tiene valor, porque Dios nos amó y entregó su vida por nosotros. El lo habría hecho, aunque sólo hubiera uno que salvar. Si fueras la única persona sobre la tierra, Cristo se habría entregado por ti. Tal es su amor.
Dime, ¿has aceptado la oferta de la salvación que Dios te ofrece? El te invita a reconciliarte con El. El quiere conocerte. Quiere compartir contigo su amor y su perdón. El no quiere que sigas el camino que te va a llevar a la muerte; quiere limpiarte de tus pecados y enseñarte un camino mejor.
Tú, sin embargo, tienes que aceptarlo. Dios no obliga a nadie a aceptar su salvación. Si lo quieres aceptar en esta mañana, dentro de un momento tendrás la oportunidad de orar para hacerlo.
Antes, sin embargo, quiero hablar a los que ya hemos creído en Cristo. ¿Qué nos enseña El aquí? Nos enseña que hemos sido llamados a unirnos a El en su misión.
Si Dios desea que no se pierda ni siquiera la persona más insignificante, nos toca compartir con todos el mensaje de la salvación. Nos toca orar por la salvación de nuestros amigos y familiares que no conocen de Cristo. Nos toca buscar oportunidades para compartir el amor de Dios con ellos.
¿Cómo podemos considerarnos hijos de Dios, si no nos preocupan las cosas que a El le interesan? El fundador de la agencia Visión Mundial, Bob Pierce, oró: Que mi corazón sea quebrantado por las cosas que quebrantan el corazón de Dios.
Dios anda en busca de las almas perdidas, y El nos invita a unirnos a El en su misión salvadora. No dejemos que un día más pase sin decirle que queremos unirnos a El, que estamos dispuestos a ir y hablar con los que no lo conocen.
¿Qué clase de Dios es capaz de mantener en órbita los planetas y – a la vez – oír la oración de un niño? Sólo el Dios de la Biblia, el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Dios que no desea que ninguno se pierda. Es sólo al conocer a este Dios que podemos encontrar nuestro valor real.
En esta mañana, si nunca has entrado en relación con ese Dios, si nunca has conocido en tu corazón su perdón y su amor, te invito a hacerlo en esta mañana. Puedes decir conmigo una oración como ésta: Señor Jesús, reconozco que soy pecador. Creo que tú moriste en la cruz por mis pecados. Te entrego mi vida para que tú tomes el control, y me comprometo en seguirte como Señor. Gracias por salvarme. Amén.
Esas palabras no son mágicas, pero si expresan el deseo de tu corazón, puedes tener la seguridad de que Dios te ha salvado. El no desea que ninguno se pierda, y escucha la oración del corazón arrepentido.
Regresar a la pagina principal